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La Independencia de México I, La Nueva España en vísperas de su Independencia

La Independencia de México, Juan O'gorman

Introducción:

La revolución que estalló en 1810 y produjo el nacimiento del México independiente se incubó en nuestro país y en el exterior durante el siglo XVIII. Es resultado indiscutible de un conjunto de profundos cambios sociales, internos y externos que se aceleraron de manera sobresaliente en la segunda mitad de esa centuria. No es un fenómeno aislado o provincial. Forma parte de los movimientos que marcaron el hundimiento del viejo régimen y la consolidación del capitalismo a nivel mundial.

El triunfo de las revoluciones, norteamericana y francesa, estimuló el pensamiento y la acción de los insurgentes en Hispanoamérica. 

La lucha popular iniciada por Miguel Hidalgo, maestro de generaciones nicolaitas, intelectual revolucionario, aun sin alcanzar el triunfo, supo integrar las masas a la causa independentista. Es el genio de Morelos el que lleva a su clímax militar y político al proceso revolucionario, que a pesar de la derrota configurada con su muerte, permite la continuidad de la lucha. Si Hidalgo nos dio Patria, Morelos configuró nuestra Nación. 

De 1816 a 1820, Guerrero, Bravo, Victoria, Ascencio, Mina y otros caudillos revolucionarios mantienen viva la llama de la independencia hasta su culminación con Guerrero. 

La historia de la revolución de independencia es, además, la historia de una búsqueda coherente de la libertad y la justicia, de una sociedad en que sus ciudadanos sean iguales, de un estado de derecho e instituciones basados en la soberanía popular. Es la lucha por la afirmación de nuestra nacionalidad mexicana. 

En los documentos más significativos de aquella época: las proclamas de Hidalgo, los "Sentimientos de la Nación" de Morelos y la Constitución de Apatzingán se plasman genuinas aspiraciones populares. De su análisis, en esta obra, puede constatarse que la guerra de Independencia fue la primera gran revolución social de nuestra historia, y cómo aquellos patriotas insurgentes veían con claridad la necesidad de concretar y transformar aspiraciones en leyes y conforme a ellas organizar la vida futura de una nueva nación independiente. 

Para integrar la presente publicación se consultaron mapas originales, fotografías y facsímiles de la época que enmarca, localizados en el país y en el extranjero. Documentos que rendirán provechosa utilidad no sólo a especialistas y estudiosos sino a todos cuantos se interesen por ese momento tan fundamental y definitivo de nuestra historia como nación libre y soberana.

La Nueva España en vísperas de su independencia:

Mapa del territorio La Nueva España

La desigualdad social en la Nueva España, derivada de la concentración de la riqueza y propiedades en manos de los españoles peninsulares, monopolistas de los altos puestos burocráticos y eclesiásticos, había fomentado un desesperante descontento en los otros grupos relegados y explotados, que en diferentes ocasiones intentaron romper con su humillante condición y desplazar a la opresora élite peninsular que por años los había menospreciado y sojuzgado.

A partir de las reformas que los borbones ilustrados implantan en la Nueva España hacia el último tercio del siglo XVIII, que tendieron a fortalecer al Estado frente al poder de la Iglesia, limitaron inmunidades eclesiásticas, ordenaron la enajenación de los bienes raíces en provecho de la Real Caja, modificaron la división política administrativa al establecer las intendencias, liberaron el comercio y organizaron un ejército colonial permanente con el fin de asegurar el dominio económico de la Corona española. Con eso se fortaleció indudablemente el absolutismo monárquico y, a la vez, se hizo más profundo el conflicto entre españoles y mexicanos. Y, por consiguiente, dicho cambio abrió en buena parte el camino a la revolución de independencia. Estas reformas, aunadas a la especial configuración socioeconómica imperante en el virreinato, repercutieron en un auge económico sin precedente, y a diferencia de lo previsto desestabilizó el orden que por largos años había vivido la Nueva España.

La población novohispana estaba rígidamente estratificada, no sólo por el factor económico sino étnico. Su más patética demostración la hace el obispo de Michoacán, Abad y Queipo, en un documento que redactó en 1799: "Ya dijimos que la Nueva España se componía con corta diferencia de cuatro millones de habitantes, que se pueden dividir en tres clases: españoles. indios y castas. Los españoles comprendían una décima del total de la población, y ellos solos tienen casi toda la propiedad y riquezas del reino. Las otras dos clases que componen los nueve décimos, se pueden dividir en dos tercios, los dos de castas y uno de indios puros. Indios y castas se ocupan en los servicios domésticos, en los trabajos de agricultura, en los ministerios ordinarios del comercio y de las artes y oficios. Es decir que son criados, sirvientes y jornaleros de la primera clase (de los españoles). Por consiguiente, resulta entre ellos y la primera clase aquella posición de intereses y de afectos que es regular en los que nada tienen y los que lo tienen todo, entre los dependientes y los señores. La envidia, el robo, el mal servicio de parte de los unos; el desprecio, la usura, la dureza de parte de los otros. Estas resultas son comunes hasta cierto punto en todo el mundo. Pero en América suben a muy alto grado, porque no hay graduaciones: son todos ricos o miserables, nobles o infames". Esta desigualdad social y económica descomunal no podía pasar inadvertida para ninguna persona, así estuviera de paso en el país. El mismo barón de Humboldt, impresionado, comenta: "México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de fortunas, civilización, cultivo de la tierra y población”. Más adelante señala: .....en América la piel, más o menos blanca, decide el rango que ocupa el hombre en la sociedad".

División de castas de La Nueva España

Los peninsulares, ubicados en la cúspide de la pirámide, estaban dedicados al comercio exportador, ocupaban los puestos más importantes de la burocracia y gran parte de los intermedios y menores, además de monopolizar también los altos y medianos cargos de la Iglesia y el Ejército.

Los criollos eran los que seguían en la escala social. Sumaban hacia 1810 alrededor de un millón de individuos, de los cuales un 5 por ciento (ricos mineros y grandes hacendados), podrían equipararse en rango social, a los peninsulares, pero estaban vedados para ellos los elevados puestos políticos, administrativos, eclesiásticos y militares. La parte criolla más numerosa, la integraban hacendados medianos, mineros de segunda, rancheros, empresarios. Un sector importante prefería seguir la carrera de la abogacía, eclesiástica o militar, y constituyó la clase criolla ilustrada. Sus componentes se convertirían en los primeros receptores y difusores de las ideas ilustradas que consigo trajeron la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa. De este grupo saldrán más tarde los ideólogos y caudillos de la revolución de independencia.

Las castas -en una ocurrente gama de nombres- consideradas en un rango superior al del indio, eran el resultado de la mezcla de criollos, indios, mestizos y mulatos. Trabajaban en los obrajes, fábricas de loza y cigarreras, y en la ciudad como panaderos, criados, cocheros y mozos. En las minas y haciendas ocupaban la mayoría de los puestos intermedios y de confianza. Pero, desocupadas, muchas deambulaban por las principales ciudades y reales de minas, formando la legión de "léperos". A finales del siglo XVIII se habían multiplicado tanto, que junto con los criollos, era la clase que más se había prodigado. 

Los indios, el núcleo social más numeroso de la Nueva España, representaban más del 60 por ciento de la población total, pagaban un tributo especial a la Corona y considerados como "menores de edad", no podían, por ejemplo, firmar escrituras públicas por más de 5 duros, o contratar libremente su trabajo. El indio, trabajaba a menudo en la agricultura, minas, ranchos, misiones, haciendas y otras heredades. 

En el sur, centro y occidente vivían en comunidades indígenas, muy arraigados a sus tierras y tradiciones. Los que perdían sus tierras se empleaban como peones o jornaleros, en las ciudades trabajaban como sirvientes de españoles y criollos, o como obreros, preferentemente en los trabajos rudos. En suma, fue la clase social más explotada, denigrada y reprimida durante la Colonia, y a la postre, pie firme del ejército insurgente. 

La creciente prosperidad de la Nueva España fue indiscutible en todas las vertientes económicas. La industria minera, exclusiva de españoles y criollos, había alcanzado su culminación, gracias, en parte, a las Nuevas Ordenanzas de Minería (1783), que crearon el Consulado de Minería, El Tribunal General de Minería, El Banco de Avío y la Escuela de Minería. Pero, lo que mayor impulso le dio fue la rebaja del precio de la pólvora y el mercurio; sobre todo este último, que le era tan necesario, fue abastecido de manera suficiente y regular. Otros dos factores influyeron: la unificación de pequeños y medianos mineros y el descubrimiento de ricas vetas. 

El aumento en la producción de plata en 1800 fue de tal magnitud, que Nueva España aportaba el 66 por ciento de la producción mundial y contaba con unas 3 000 minas en explotación en todo el país.

Carlos IV y Fernando VII

La industria, a diferencia de la minería, no recibió estímulos de la Corona, por el contrario, la política metropolitana estuvo dirigida a limitar el desarrollo de ciertos productos que pudieran competir con los provenientes de España. Así, actividades como el refinamiento del azúcar y aguardiente, la elaboración de telas de algodón, seda o lana, fueron objeto de continuas limitaciones. Pese a lodo, la industria textil se desarrolló sobre todo en la región del Bajío, Guadalajara, Michoacán y también Puebla. A finales de 1810, 60 000 personas se dedicaban a la manufactura de textiles. 

El campo estaba dividido en haciendas, ranchos, propiedades comunales y pequeñas propiedades. En el Bajío, Michoacán, Guadalajara, Apan y México, dominaban los grandes latifundios que habían crecido a expensas de las comunidades indígenas. En su mayoría, vivían perpetuamente endeudados con la Iglesia que, de siempre, fue la principal fuente de crédito. 

Los decretos sobre el libre comercio expedidos desde 1770, permitieron el rompimiento monopólico que a lo largo de más de dos siglos había impuesto el puerto de Cádiz con Veracruz para la salida y entrada de mercancías, situación que abatió la hegemonía de los comerciantes agrupados en el Consulado de la Ciudad de México, haciendo surgir los grupos de comerciantes provinciales, uno de los cuales, el de Veracruz, llegó a competir e incluso a superar al de la propia capital mexicana. Esto obligó a la creación de las diputaciones provinciales en Orizaba, Puebla. Valladolid, Oaxaca. Querétaro y Guanajuato, dependientes del Consulado de México.

La corporación virreinal más rica y poderosa era indudablemente la Iglesia. El barón de Humboldt calculaba su fortuna en cuarenta y cuatro millones y medio de pesos fuertes, los capitales piadosos, y dos millones y medio o tres, en bienes raíces. Su fortuna provenía de las rentas de sus propiedades, de los diezmos y sobre todo, de utilidades obtenidas por préstamos a largo plazo a los hacendados, pequeñas industrias y comerciantes. Era el gran banquero de la época. Una de las reformas económicas impuestas por los barbones que le restaron poder fue la imposición de la Real Cédula sobre enajenación de bienes raíces y cobro de capellanías y obras pías para la consolidación de vales reales, expedida el 26 de diciembre de 1804. 

Esto motivó una reacción de descontento general de comerciantes y hacendados con la Iglesia y un nuevo distanciamiento entre ella y la Corona; el anterior obedeció a la expulsión de los jesuitas en 1767. Antes de ser derogada aquella cédula en 1809, la Iglesia remitió más de diez millones de pesos a la metrópoli.

José Bonaparte, pintura de François Gérard

La compleja organización política de la Nueva España la encabezaba el virrey, representante directo del rey, siendo las corporaciones de mayor autoridad las Audiencias Reales y los Ayuntamientos.

En 1776 se implanta la primera alteración territorial con la creación de la Comandancia General de las Provincias Internas o de "Tierra Adentro", las comarcas más septentrionales de la Nueva España, sujetas a un comandante general sin dependencia del virreinato. Sucesivas modificaciones sufren en 1785, 1788. 1792, 1804, 1811 y 1812, año en que se subdividen definitivamente dándoles nuevas demarcaciones y son subordinados sus comandantes a la autoridad del virrey, que entonces era lturrigaray. Las de Oriente las integraron Nuevo Santander (Tamaulipas), Nuevo León, Bolsón de Mapimí, Coahuila y Texas. Las de Occidente, gran parte de Sonora, Sinaloa, Real de Chihuahua, parte de Nueva Vizcaya (Durango), Nuevo México y ambas Californias, la Nueva y la Vieja o Alta y Baja California. El gobierno de Tlaxcala. caía igualmente en la esfera virreinal. 

La configuración territorial, política y económica, es más profunda en 1786 al dividirse el virreinato en doce intendencias: Guanajuato. Guadalajara y Puebla -las tres principales-, Arizpe -hoy Sonora-, Durango, Mérida, México, Oaxaca, San Luis Potosí, Valladolid, Veracruz y Zacatecas. Cada una de ellas gobernadas por un intendente depositario de toda autoridad, desapareciendo los alcaldes mayores, delegados reales y corregidores, y por su importancia sólo subsistió el Corregimiento de Querétaro dependiente del virrey. 

La bien cimentada organización eclesiástica la constituía el arzobispado de México y ocho obispados o diócesis en Durango, Guadalajara, Monterrey, Oaxaca, Puebla, Sonora, Valladolid y Yucatán. La Iglesia tenía en el Tribunal del Santo Oficio su mejor y eficiente aliado.

Mapa de México de 1862

Esta conformación territorial, política y eclesiástica es la que encuentra en sus albores el siglo XIX. cuando se agudizan más las contradicciones de la sociedad colonial y el ritmo del crecimiento económico empieza a descender, las crisis presentan sus rostros más dramáticos, grandes hambrunas asuelan el país, y las clases sociales en ascenso -principalmente la aristocracia criolla- buscan decididamente el poder político. Se imponía dar solución al conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el sistema estamental colonial que se le oponía.

A lo largo de tres siglos se presentaron síntomas de inconformidad contra el régimen establecido. Estos se agudizaron con el tiempo y la revolución fue madurando. Las condiciones económicas y sociales determinaron su necesario e impostergable advenimiento. Las fuerzas productivas habían aumentado considerablemente y, en cambio, la producción continuaba condicionada a las mismas formas primitivas. Esta contradicción entre la capacidad productiva de la población y el sistema de producción tuvieron que provocar una lucha violenta. 

El aumento de la población en proporción superior al desarrollo del país, el sistema económico colonial basado en monopolios, estancos, prohibiciones de establecer industrias, restricciones a la producción en general y el libre comercio interno y externo con otras colonias o naciones, la subordinación de la economía interior a la metrópoli, una agricultura primitiva, concentrada en unas cuantas manos, la propiedad de la tierra dependiente directa o indirectamente de la Iglesia Católica, un régimen fiscal que succionaba el territorio novohispano en beneficio de la monarquía y que asfixiaba e impedía la evolución económica, fue la situación que se convirtió en detonante del movimiento de independencia de México y de las colonias españolas en América. 

Además de estas causas fundamentalmente económicas, existieron otras importantísimas que impulsaron la revolución de independencia; entre ellas, el convertir el sistema dominante de los cargos superiores burocráticos de la Iglesia, del Ejército, de la Universidad, en un tradicional privilegio para los españoles peninsulares, el establecer un régimen de esclavitud de la enorme masa indígena, despreciar y humillar a los mestizos que llegarían a ser el pueblo mexicano del futuro, importar negros como esclavos, instaurar un gobierno de minorías sostenido por la fuerza sobre una inmensa mayoría sumida en la ignorancia y fanatismo religioso. 

Hacia la segunda mitad del siglo XVIII penetran en la Nueva España las ideas filosóficas progresistas europeas y amenazan directamente los cimientos escolásticos coloniales. Las obras de Descartes, Bacon, Locke y otros filósofos llegan a los claustros y los círculos intelectuales. Con estos autores adviene la "modernidad". Significó la introducción del espíritu moderno en las ciencias que acabó por imponer dos cambios básicos en la orientación científica: la indagación directa en los procesos de la naturaleza, por medio del experimento y 'el desarrollo de la explicación racional de estos procesos. Las novedosas doctrinas estimularon un amplio movimiento de discusión de cuestiones teológicas y filosóficas, primero, luego históricas, científicas, sociales, y por último políticas, lo que en su conjunto llevaría finalmente a la revolución de independencia.

Los siglos XVIII y XIX son de ebullición y fermento de las ideas sociales y políticas en un clima de inquietud y renovación.

España recoge la corriente humanista: Luis Vives exhorta a la investigación y a la vida en armonía con la naturaleza. Este movimiento en el siglo XVIII toma las características de una reforma cultural, filosófica antiaristolélica y antitradicional con preferencia por las ciencias de la naturaleza y el deseo de mejorar y reformar la sociedad. En América, surge con el humanismo la idea de nacionalidad, establecida ya a fines del siglo XVIII, abono insustituible que predispone el terreno para la acción política. Humanismo y nacionalidad encuentran su identificación en la idea de libertad y se hacen conciencia, antes de formarse realidad en los movimientos de independencia de la América hispana. 

La inquisición española

La Iglesia por su parte, sustentándose en la escolástica, apoyó decididamente al régimen colonial y se opuso con suma eficacia a toda manifestación que osara contrariarlo y reprimió toda desviación por medio de su inapelable instrumento: la Inquisición. La escolástica como filosofía oficial de la Iglesia constituyó una teoría idealista, formalista y especulativa que subordina la filosofía a la teología. Su misión histórica consistió en infundir el principio de la existencia de una división social y natural instituída por Dios, legalizando por este medio la sociedad estamental y las jerarquías feudales, bajo el supuesto que todo poder "emana de Dios".

Opuesta a estas teorías surgieron las ideas humanistas, reformadoras y racionalistas. Los sapientes Antonio Alzate y Benito Díaz de Gamarra son en México sus más convincentes representantes. Alzate combatió "tomismo" y "aristotelismo", oponiendo a la escolástica el pensamiento filosófico de Descartes, Gassendi y Newton, pugnó por implantar el método experimental y atribuyó a la filosofía y la ciencia la función de crear el bienestar humano en la tierra. Consideró que la escolástica era estéril pues "nunca había servido para aliviar a un enfermo o para doblegar a la naturaleza al servicio del hombre". Gamarra defendía la autonomía de la razón frente al dogma católico, el conocimiento verdadero sólo puede obtenerse por medio del razonamiento científico.

El siglo XVIII es "el siglo de la razón y de la Revolución Francesa”; el de Voltaire que lucha por la libertad intelectual, religiosa y política y proclama la igualdad natural de los hombres; de los enciclopedistas que crean una filosofía nueva de la vida y del mundo; de Montesquieu con su teoría de la división de poderes en ejecutivo, legislativo y judicial, y culmina con Rousseau y su Contrato Social que promueve una transformación radical del sistema político y social, partidario de la igualdad política y de la democracia directa, y propulsor de la idea de que la soberanía dimana del pueblo. Es el siglo de la "Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano", fuente de inspiración del liberalismo y de todos los documentos constitucionales subsiguientes en el mundo. Declaración cuyos postulados fundamentales tienen actual vigencia. 

La revolución de independencia en México no será entonces un hecho aislado o circunstancial, formará parte del movimiento de liberación de América Latina que a su vez está vinculado a la revolución democrático-burguesa del mundo entero, que sostuvo como principios: "Primacía de la razón como instrumento del conocimiento. No aceptación del dogma ni del principio de la verdad revelada como base del saber y del vivir". Estos principios filosófico-políticos aplicados a las relaciones sociales llevaría al rompimiento del monopolio medieval y la apertura de mercados, lo cual garantizaba libertad para vender y comprar, libre tránsito y finalmente, la libertad de la conducta humana de pensar, expresarse, creer o no creer. 

El desarrollo del capitalismo en América del Norte planteó la necesidad de la emancipación política de las colonias inglesas, lucha por los ideales democráticos y liberales que puntualizó en 1783. Por primera vez una colonia europea en América lograba venturosamente independizarse. 

Revolución francesa

En Francia la burguesía se enfrenta a la nobleza y después de la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789,1 se derrumba la estructura feudal, se liquida esta etapa histórica y se inicia otra nueva: el capitalismo. Se instaura la República y las grandes potencias se unen para aplastar y destruir al naciente gobierno popular que constituía una inusual y colosal amenaza a la seguridad de las monarquías; pero no sólo fracasan en su objetivo, sino que Napoleón Bonaparte, ciudadano y soldado de la Revolución, transformó el panorama político y social europeo, estableciendo por doquier las instituciones liberales democráticas francesas, en base a la idea del Estado moderno sustentado en la soberanía nacional.

En España un suceso importantísimo origina que los criollos desplazados y la burguesía ascendente pulsen la oportunidad de reinvindicar sus aspiraciones al poder. Abdican sucesivamente Carlos IV y Fernando VII yen marzo de 1808 la península es invadida por los ejércitos napoleónicos y se le impone un gobernante extranjero: José Bonaparte, hermano de Napoleón. El pueblo español se rebela el 2 de mayo en la ciudad de Madrid para expulsar al invasor.

Al llegar las noticias a la ciudad de México, surge la pugna por el poder entre el virrey Iturrigaray, la Audiencia (monopolizada por peninsulares) y el Ayuntamiento (criollos ilustrados y clase media). Por su parte, la Audiencia esgrime su mejor principio: "la sociedad entera debe quedar fija, sin admitir ningún cambio, mientras el heredero legítimo de la Corona ocupe de nuevo el trono". En tanto, el Ayuntamiento, llevando la voz virreinal, hace a sus síndicos Primo de Verdad y Francisco Azcárate invocar la doctrina del "pacto social" entre el rey y el pueblo, de tal manera que cuando el rey se encuentra imposibilitado de gobernar, la nación vuelve a asumir el ejercicio de la soberanía. A propuesta del Ayuntamiento y con la oposición de la Audiencia, el virrey convoca a"Junta General" de autoridades de la Nueva España. Esta era la oportunidad esperada por los criollos para tomar el mando del país pacíficamente, con una relativa independencia respecto de España y sólo conservando la figura del rey.

La violenta reacción de la oligarquía criolla no se hace esperar y el 15 de septiembre de 1808, el hacendado Gabriel de Yermo da el golpe de estado, promovido por inquisidores y los oidores de la Audiencia; derriba y apresa a Iturrigaray, sustituyéndolo con el octogenario mariscal de campo Pedro Garibay. Primo de Verdad y el mercedario Talamantes son recluidos en prisión para encontrar la muerte: el licenciado Verdad ahorcado o envenenado en las cárceles del arzobispado, y fray Melchor de Talamantes en San Juan de Ulúa, víctima del vómito. Los licenciados José Antonio del Cristo y Francisco Azcárate, exaltados partidarios de la instalación de un Congreso Mexicano, también fueron detenidos y sujetos a proceso. 

La audaz maniobra del partido conservador español cegó la posibilidad de una transición pacífica del poder a la oligarquía peninsular a la aristocracia criolla, aunque sin la participación popular. 

Mapa de América de 1790

Movimientos similares a éste se suceden en toda Hispanoamérica, cuando los Ayuntamientos y los Cabildos asumen la soberanía nacional en 1809 en la Paz (julio) y en Quito (agosto); en 1810 en Buenos Aires (marzo), Caracas (abril), Bogotá (julio) y Santiago de Chile (septiembre).

Aquel primitivo fermento libertario no se había extinguido. En Valladolid, venía trabajando un grupo de liberales encabezado por los oficiales del ejército José María García Obeso y José Mariano Michelena, con su hermano el abogado Nicolás. Pero denunciados por conspirar contra el gobierno fueron detenidos el 9 de septiembre de 1809 y enjuiciados, siendo liberados a instancias del entonces virrey, el arzobispo Lizana, y reintegrados a sus regimientos. 

Muy pronto en Querétaro resurge el ideal de la independencia. En indistintos domicilios se conjura para la insurrección. Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, Lanzagorta, y la propia esposa del corregidor, doña Josefa Ortiz de Domínguez, entre otros asistentes, son los que más porfían en la futura empresa libertaria. Pero también delatados por medrosos juramentados, no tuvieron más arbitrio que precipitar el inicio de la lucha armada. 

Todo está preparado. El Pueblo ha empezado a sacudir las cadenas, sabe cómo se hace la guerra. Los criollos conocen todas las filosofías que en Europa han proclamado los hijos de la Revolución. Los Derechos del Hombre enseñan al individuo que hay en él una soberanía irrevocable. El Contrato Social da fórmulas concretas para hacer repúblicas. Los blancos tienen en Estados Unidos su federación; los negros en Haití su reino independiente. Los burgueses han hecho en Francia su República. Por las aguas del Caribe, empiezan a cruzar esas siluetas gallardas de los Mirandas y Bolívares. El cura Hidalgo da una campanada en México que hace conmover hasta las piedras de la vieja catedral.

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Fuente: La Independencia de México, Atlas Histórico