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Los cenotes

Origen de los cenotes

Los estudios geológicos que se han realizado en el estado, revelaron que durante la era cenozoica, hace aproximadamente 65 millones de años, la península de Yucatán se encontraba sumergida bajo las aguas del mar. Durante siglos el fondo marino fue recibiendo una gran cantidad de cadáveres de plantas y animales ricos en carbonato de calcio y su acumulación originó el tipo de suelo característico de la entidad, que se distingue del resto del país por el predominio de la roca calcárea o caliza.

Este territorio empezó a emerger debido a los movimientos geológicos del planeta. El suelo yucateco es todavía muy joven, por lo que no ha tenido tiempo de desarrollar una vegetación tan densa y abundante como otras partes del mundo. El desgaste producido por la erosión del agua de lluvia que caía por el suelo yucateco, dio origen a infinidad de canales por los que el agua acumulada fluía hacia el mar. De este modo se creo una red de ríos subterráneos, los cuales a la vez fueron diluyendo a la roca madre, hasta formar un gran número de cavidades a las que actualmente se les da el nombre de grutas, cuando están secas y el de cenotes, si están inundadas por el agua que corre por el subsuelo de la península.

El origen de la palabra “Cenote”

La palabra cenote se deriva del maya "Dzonot" que significa hoyo en el suelo o pozo. Con la llegada de los españoles se empezó a usar el vocablo cenote para designar a estas profundas oquedades, propias exclusivamente de la península de Yucatán.

Importancia de los cenotes en la cultura maya

Los mayas manifestaban una profunda veneración hacia la naturaleza , pues consideraban que, gracias a su benevolencia, obtenían todos los recursos que necesitaban para vivir. El estudio de los cenotes y la importancia de éstos para los mayas se puede hacer desde diversos puntos de vista: Primero que nada se debe mencionar el aspecto utilitario de estos pozos, pues el abasto de agua ha sido uno de los principales problemas que ha enfrentado la población. En consecuencia, todas las ciudades prehispánicas del estado fueron erigidas cerca de una fuente que les proporcionara agua todo el año o por lo menos en una época determinada, es por eso que será imposible encontrar en Yucatán alguna hacienda o poblado que no se encuentre cerca de un cenote.

La religión es uno de los aspectos que no debe dejar de mencionarse cuando se habla de la importancia de los cenotes entre los mayas. El estudio de estos, ha permitido encontrar en su interior una gran cantidad de vestigios que nos da una idea de la majestuosidad de las ceremonias religiosas que se llevaban a cabo en aquella época. Así mismo se ha determinado que este pueblo asignaba a cada cenote una función específica, es decir, los cenotes utilizados para la práctica de rituales, no podían ser empleados para el abastecimiento de agua y viceversa. De ellos se has extraído una gran cantidad de esqueletos humanos, vasijas, tejidos, joyas y esculturas, que hablan de la riqueza del pueblo maya, del contacto que llegaron a tener con otros grupos prehispánicos de México y de la importancia que para ellos tenía la celebración de sus ceremonias.

El impacto de un meteorito sobre la península de Yucatán, hace 65 millones de años, no es el único hecho que ha contribuido a la formación de los cenotes, ya que su origen se relaciona con otros factores, propios de la región. Los cenotes son reconocidos y apreciados mundialmente por su significado mítico.

Los cenotes en la península de Yucatán*

Artículo de Juan J. Schmitter-Soto

La península de Yucatán se caracteriza por su paisaje engañosamente llano, carente de montañas, pero quien la atraviese a pie encontrará a cada momento pequeños accidentes dondequiera que la losa calcárea se haya quebrado. En esta región, sobre todo en su parte norte, es notoria la ausencia de ríos debida a que la mayor parte de la lluvia se infiltra al subsuelo por la permeabilidad de la roca caliza. El florecimiento de la civilización maya en este paisaje sólo pudo sostenerse gracias a sus ventanas al manto acuífero: los cenotes.

Aunque los cenotes (del maya ts’onot) parecen simplemente una variedad peculiar de lago, pequeño, usualmente cilíndrico y más profundo que amplio, en realidad son muy distintos; inclusive, los cenotes más jóvenes son, en cuanto a la circulación de sus aguas, más similares a ríos que a lagos, pues tienen conexión a corrientes subterráneas. Si bien su flora y fauna pueden ser relativamente pobres, su aislamiento ha originado el desarrollo de especies endémicas, es decir, exclusivas de ellos.

La península de Yucatán, en sentido geológico, no comprende solamente los estados mexicanos de Yucatán, Campeche y Quintana Roo, sino también el Petén guatemalteco y el norte de Belice. Es una placa de rocas calcáreas, formada por el depósito de carbonatos en los mares someros que la han cubierto en varias ocasiones durante las últimas decenas de millones de años (era Cenozoica). Dichas rocas son solubles en agua, lo cual explica la abundancia de cenotes y grutas.

Quintana Roo y el norte de Yucatán son geológicamente más jóvenes que el interior de la península y la costa campechana. La forma actual de la península se alcanzó a fines del periodo Plioceno, hace unos cuatro millones de años; no obstante, los farallones de Tulum e isla Mujeres se formaron durante el periodo Holoceno, apenas unos 10 mil años, y se siguen formando arrecifes coralinos al norte y oriente. La emersión de la península es un proceso que continúa hasta hoy en el extremo noroccidental: la costa del golfo se ha alejado del puerto de Progreso más de 200 metros en el último siglo. El nivel actual del mar se alcanzó hace sólo unos 5 mil 500 años; al principio del Holoceno el nivel era unos 100 metros menor que hoy.

Aunque la península recibe cerca de 200 mil millones de metros cúbicos de lluvia al año, su balance hidrológico es negativo. No hay presas importantes, y existen sólo doce lagos de volumen mayor a medio millón de metros cúbicos, ninguno de ellos en la parte norte. El flujo del agua dulce en el subsuelo no tiene lugar solamente en ríos subterráneos, sino también a través de fracturas en la roca, y desemboca en el mar a través de ojos de agua.

Hay en la península de Yucatán tres cuencas hidrológicas principales: la cuenca criptorreica (de ríos ocultos), sobre el estado de Yucatán y norte de Quintana Roo; la del río Hondo, al sur de este último; y la de Champotón, en Campeche. Es en la cuenca criptorreica donde se encuentra la mayor parte de los varios cientos de cenotes de la península. Muchos de ellos se hallan alineados, delatando corrientes subterráneas. La alineación más notoria, el llamado anillo de cenotes, se relaciona con el borde del cráter de Chicxulub, estructura enterrada bajo la losa calcárea yucateca; fue dejado por el impacto de un asteroide, coincidente con la extinción de los dinosaurios, hace unos 70 millones de años.

Los tipos clásicos de cenote son:

Cenotes cántaro (también llamados en maya ch’e’n), en los que la abertura al exterior es pequeña en relación con el diámetro del embalse.

Cenotes cilíndricos (propiamente ts’onot), de paredes verticales, donde la abertura equivale al diámetro del cuerpo de agua.

Cenotes aguada (ak’al che’), azolvados, con perfil en forma de plato.

Y grutas (aktun), en los que la entrada es lateral.

La hipótesis más aceptada sobre el origen de los cenotes plantea una secuencia desde una gruta o cenote cántaro, como el de Dzitnup (Valladolid), a un cenote cilíndrico por derrumbe del techo. Después, el cenote cilíndrico, como el de Chichén Itzá, se convertirá en una aguada, por azolve y por hundimiento lento de toda la zona adyacente.

Otras aguadas son simplemente depresiones del terreno en las cuales se ha acumulado arcilla, lo que permite la acumulación de agua de lluvia. En el primer paso, el desplome de la bóveda suele quedar atestiguado por una pila de rocas y sedimentos en el centro del cenote. Este colapso es ocasionado por la disolución lenta de la roca caliza por el agua, sobre todo con ayuda de ácido sulfhídrico, la reactividad ocasionada por la mezcla entre agua dulce y marina sobre la caliza, y la actividad microbiológica asociada.

El grado de conexión al manto acuífero permite distinguir: a) cenotes de flujo abierto, con aguas claras, fondo limpio, arenoso o rocoso y una masa de agua homogénea y bien oxigenada, y b) los estancados o de flujo restringido, turbios y estratificados térmicamente. En éstos, la capa acuática superficial es básica y sobresaturada con oxígeno disuelto, mientras que la profunda es ácida, desprovista de oxígeno y con ácido sulfhídrico cerca del fondo.

Existen dos procesos que pueden bloquear el intercambio de agua del cenote con el flujo subterráneo. El primero y más eficiente es el ya mencionado desplome de la bóveda, seguido por el aporte de sedimento que se deposita en el fondo del cenote y que va sellando cada vez más la comunicación con el manto acuífero. El segundo tipo de bloqueo consiste en el ingreso de agua marina a través del fondo del cenote.

Entre ambas capas de agua (la dulce superficial, menos densa, y la marina profunda, más densa), se establece una zona de transición abrupta denominada haloclina. La haloclina estratifica el cenote: funciona como una barrera física que aísla la capa de agua dulce. En los cenotes costeros, la capa marina profunda no siempre se encuentra realmente estancada, sino que puede circular impulsada por las mareas y tormentas a través de túneles conectados con el mar.

Si pensamos en la variedad de grados de conexión del cenote con el manto acuífero, y a ello añadimos la conjunción de agua dulce y marina, que definen diversos patrones de circulación y estratificación en los cenotes (desde los totalmente homogéneos hasta los que presentan estratificación), y además tomamos en cuenta la diversidad de formas de la cuenca, área superficial, profundidad, volumen, exposición a la luz solar (apertura de la boca del cenote) y otros factores más, se puede visualizar qué tan enorme es la diversidad de embalses conocidos, en forma genérica, como cenotes.

Por lo que concierne a la flora, los cenotes más lejanos del mar suelen asociarse con higueras. Los cenotes más costeros suelen estar entre manglares, juncos, helechos, palmas y algas. En cuanto a la microflora, la fracción mejor conocida son las bacterias, algunas de interés como indicadoras de contaminación, otras de relevancia en la formación misma del cenote por erosión de sus paredes. Adicionalmente, ciertas bacterias representan la fuente alternativa de abastecimiento de energía para los organismos que viven en los túneles de oscuridad permanente, alejados del cuerpo abierto del cenote.

Fauna casi desconocida

Se conoce poco sobre la mayoría de los invertebrados de los cenotes; casi todos los estudios se han concentrado en los macrocrustáceos y el zooplancton. Por ejemplo, en la península de Yucatán se encuentra del 30 al 50 por ciento de las especies conocidas en México de rotíferos, cladóceros y copépodos. La biogeografía de algunos copépodos sugiere una fuerte afinidad de la península con el Caribe insular.

Debido al proceso de formación de un cenote abierto, las especies originalmente cavernícolas pudieran haber sido reemplazadas evolutivamente por otras adaptadas a cenotes abiertos. En cuanto a los anfípodos, los de la península se derivan en su mayoría de formas marinas, probablemente atrapadas durante el retroceso del mar en las últimas decenas de miles de años.

Los acociles del género Typhlatya son comunes en las cuevas de toda la península; tienen también un antepasado marino caribeño. El descubrimiento en cuevas cerca de Tulum del termosbenáceo Tulumella unidens es relevante porque complementa otros registros de este pequeño grupo en las islas caribeñas, el sureste de los Estados Unidos, las islas Canarias, el Mediterráneo, Somalia y Camboya. Esta distribución ha sido considerada evidencia de su origen en el mar de Tethys, que separaba los continentes de Laurasia y Gondwana en el Jurásico. También es interesante el registro del remipedio Speleonectes tulumensis, perteneciente al grupo de crustáceos más antiguo.

Variedad de especies

En cuanto a los vertebrados, en los cenotes pueden habitar cocodrilos, iguanas, tortugas, culebras, ranas y sapos; en sus paredes anidan golondrinas y otras aves. La fauna de peces es especialmente diversa en los cenotes más costeros. Los sitios más aislados, en los terrenos más antiguos, no inundados durante las últimas elevaciones del nivel del mar, sólo han sido colonizados por dos especies: un bagre y un gupi. Se considera que el bagre pudo alcanzar estas localidades por vía subterránea, mientras que el gupi, pez pequeño y vivíparo, de gran tolerancia a extremos de salinidad, temperatura y concentración de oxígeno disuelto, pudo llegar allí gracias a una hembra grávida transportada por un huracán.

En los cenotes costeros, la ictiofauna es similar a la de las lagunas de la misma región. Predominan las mojarras y la familia de los gupis y molis, aunque las especies más abundantes son sardinitas (Astyanax) y el bagre ya mencionado. En los sistemas asociados con caletas se presentan invasores marinos, sobre todo en estadios juveniles, como pargos, gobios, agujas e incluso sábalos.

Las mojarras y el bagre tienen poblaciones relativamente diferenciadas, algunas de ellas propuestas como 

subespecies; aunque el status taxonómico de la mayoría es discutible, el principio de precaución ha llevado a enlistarlas como taxones vulnerables a la extinción, en vista de lo reducido y aislado de sus hábitats. Algunas probablemente han desaparecido ya, como la mojarra Cichlasomaurophthalmus conchitae, cuya única localidad conocida, un cenote dentro de la ciudad de Mérida, no existe más.

Los cenotes y cuevas de Tulum comparten con los del noroeste de Yucatán los endemismos de una sardinita y un moli, así como de la anguila ciega y la damablanca, dos peces cavernícolas. Las cuatro especies se consideran vulnerables o en peligro de extinción. Otro habitante peculiar de los cenotes de Tulum es la anguila americana; los cenotes son hábitats muy distintos de los ríos caudalosos de Norteamérica, donde las anguilas siguen su conocido ciclo vital catadrómico: vida adulta en agua dulce y desove en el mar.

Las tramas alimentarias de los cenotes son relativamente simples; están caracterizadas por pocos niveles tróficos que transfieren de manera eficiente la energía. Las bacterias, hongos, algas y protozoos son los primeros niveles, consumidos por micro y macroinvertebrados. La mayoría de las especies muestra resistencia a la hambruna, en respuesta a la escasez de recursos alimentarios. Las algas y otras plantas sostienen la trama alimentaria herbívora, en complemento con la materia particulada procedente de la selva circundante, enriquecida por bacterias y asimilada por copépodos, que son el alimento de peces como Astyanax, que a su vez es la presa principal de depredadores como la anguila. El bagre, omnívoro en otros tipos de hábitat, en los cenotes es también un depredador de importancia; a través suyo y de otros peces, el cenote exporta energía al medio exterior, vía la alimentación de cigüeñas y otras aves.

Recursos indispensables

Los cenotes se usan principalmente como fuente de agua potable en zonas rurales. Sin embargo, cada vez más cenotes tienen también un uso turístico. Éste puede ser escénico, como el Cenote Sagrado de Chichén Itzá, o bien puede aprovecharse para la natación y el buceo, como muchos en el corredor Cancún-Tulum, o tener ambos objetivos, como el cenote Azul de Bacalar. El uso pesquero de los cenotes es irrelevante si se mide en términos de divisas generadas; sin embargo, puede jugar un papel decisivo en el aporte de proteínas animales, virtualmente gratuitas, para la población rural. Las especies más apreciadas son las mojarras, en especial la rayada, la pinta y la bocona o tenguayaca. Hay sitios donde se consumen inclusive los gupis y Astyanax, secos y salados.

Aguas con el agua

El crecimiento poblacional en Mérida y Cancún, agravado por la explosión turística, ha traído consigo una extracción más intensa de agua, con la consecuente intrusión salina, así como una mayor contaminación por materia orgánica y metales pesados. El agua dulce subterránea es una capa muy delgada que flota sobre una capa de agua marina, la cual alcanza hasta 100 kilómetros tierra adentro.

La permeabilidad de las rocas yucatecas contribuye a la escasez del agua porque se filtra hasta grandes profundidades; la ausencia de corrientes superficiales aumenta la dependencia sobre el manto acuífero y, lo más grave: la disposición de desechos en el terreno lleva consigo una altísima probabilidad de infiltración de contaminantes hasta el agua subterránea. En el caso del área de Mérida, el flujo principal va de sureste a noroeste, pero en ocasiones el sentido se revierte, lo que devuelve los desechos al manto acuífero de la ciudad.

Por otro lado, los cenotes son aun más vulnerables que el acuífero, pues los contaminantes no llegan a ellos sólo a través del subsuelo, sufriendo transformaciones o dilución, sino también directamente. La incorporación de materia orgánica no sólo alteraría el equilibrio del ecosistema cenotícola, sino que también inutilizaría el agua para consumo humano, sin contar la pérdida estética al sustituir aguas cristalinas por aguas turbias y malolientes.

Evitar la contaminación

La geología y el clima favorecen la sobrevivencia y desarrollo de organismos patógenos en el agua subterránea; no es extraño que las enfermedades gastrointestinales sean una causa importante de muerte en la región. Las granjas porcícolas, el fecalismo al aire libre y la mezcla del drenaje doméstico con el pluvial han deteriorado la calidad bacteriológica del agua subterránea de la península. Asimismo, se encuentran residuos de plaguicidas organofosforados, carbámicos y organoclorados, procedentes de las zonas hortícolas de Yucatán, en pozos de agua potable. Es muy probable que lo mismo ocurra en las zonas cañeras de la zona sur de Quintana Roo y que ello repercuta en los cenotes.

Estos problemas difícilmente serán remediables debido a lo inaccesible del manto acuífero; sin embargo, es indispensable disminuir el deterioro de la calidad del agua subterránea. Para ello se sugiere: espaciar los pozos y no sobreexplotarlos para evitar la intrusión salina; tratar los residuos sólidos; supervisar el uso de plaguicidas; tratar el agua para consumo humano con procesos adicionales a la cloración, y restringir el uso del agua extraída de zonas de alta contaminación, como Mérida, al riego u otros fines similares.

Por otra parte, aunque la problemática mencionada debe atacarse integralmente, el manejo adecuado de cada cenote en particular tendrá consecuencias positivas locales. Es preciso evitar el retiro de la vegetación que lo circunda pues proporciona refugio y alimento para los peces, tortugas y otros organismos, además de ser una fuente principal de energía del sistema. También debe prohibirse el baño con aceites bronceadores que se acumulan en la superficie del cenote y pueden causar problemas de oxigenación, dada la proporción entre superficie y volumen de estos cuerpos de agua, amén de otros efectos contaminantes.

Finalmente, debería limitarse el número de bañistas durante la época en que ciertas mojarras cuidan en pareja a su progenie pues, ante la perturbación, los padres pueden abandonar a los alevines, que son inmediatamente devorados por otros peces, incluso de la misma especie. Esta restricción tendría la ventaja de mantener en niveles aceptables la contaminación por bacterias, la cual es directamente proporcional al número de visitantes.

Por otro lado, los cenotes no constituyen embalses adecuados para fines acuiculturales. La introducción de especies exóticas, generalmente perniciosa en cualquier ecosistema natural, es más grave en cuerpos de agua de área pequeña, donde la tilapia, por ejemplo, puede volverse el pez dominante del sistema en un lapso menor que en lagunas más extensas.

Sería irónico que los cenotes, que posibilitaron el desarrollo de la civilización en Yucatán, acabaran destruidos por la civilización misma. Está en nuestras manos.

*Este texto es una versión resumida de un capítulo del libro Lagos y presas de México, de próxima aparición.La información ha sido generada por Javier Alcocer, Manuel Elías, Elva Escobar, Luis Marín, Juan J. Schmitter-Soto y Eduardo Suárez-Morales, así como por otros investigadores, a quienes se reconoce en la versión extensa.