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El Preclásico medio (1200 – 400 a.C.)

Durante el siguiente periodo de la historia de Mesoamérica hubo un considerable crecimiento demográfico y algunos asentamientos alcanzaron grandes dimensiones, hasta convertirse en cabeceras regionales de amplias zonas con sitios satélites dispersos. De hecho, es posible que algunas aldeas puedan calificarse como ciudades, pues sus poblaciones estaban desligadas de la producción directa de alimentos.

Las profundas diferencias que se encuentran en los ajuares mortuorios de la gente de esta época revelan que, durante el periodo, comenzaron las abismales distinciones de estatus social presentes en el resto de la historia prehispánica. Comienza también la diferenciación entre arquitectura doméstica y pública, caracterizada esta última por amplias plataformas de tierra, piedra o estuco -o de estos dos últimos materiales-, coronadas por templos de material perecedero; estos edificioes generalmente se ubicaban alrededor de plazas cuya función era albergar a gran cantidad de personas en ceremonias o rituales públicos. En muchas ocasiones estas construcciones tenían mounmentos de piedra pintados o grabados con escenas religiosas o políticas.

 

Fue durante esta época cuando surgió la escritura jeroglífica de carácter logográfico (con signos que representan palabras) o logofonético (una combinación de signos que representan palabras con otros que representan sonidos silábicos).

Otros elementos culturales, como el desarrollo de una iconografía compleja, el establecimiento de redes comerciales continuas y de larga distancia, el origen de una clase de artesanos especializados, así como la construcción de grandes canales, drenajes y campos irrigados, acusan la presencia de una élite gobernante que organizaba el trabajo de la población y concentraba y distribuía mercancías, creando obligaciones de lealtad con sus aliados, al tiempo que codificaba gráficamente conceptos cosmológicos aceptados por la sociedad. Se cree que el tipo de organización política que predominó durante este periodo se asemeja al de los cacicazgos o jefaturas.

Un problema ampliamente debatido que concierne a esta época reside en la función que desempeñaron los olmecas del este de Veracruz y oeste de Tabasco. Aunque se cree que fueron los la primera civilización de Mesoamérica y que por lo tanto les correspondió ejercer como difusores de elementos culturales, lo cierto es que la razón principal de este razonamiento obedece a que los vestigios olmecas de esta región fueron los primeros restos arqueológicos descubiertos del Preclásico medio. Nuevos enfoques niegan este presunto papel de los olmecas como “cultura madre”.

 

De este modo, se ha propuesto que durante el Preclásico medio, el territorio mesoamericano estaba plagado de capitales regionales pares, que fungían como centros para recibir, crear y poner a circular la información, de modo que entre todas construyeron un estilo arqueológico multitécnico conocido como “olmeca”.

No obstante, y aunque este nuevo modelo para explicar el papel de los olmecas puede aproximarse más a la realidad, lo cierto es que los datos arqueológicos actuales sí sugieren que el origen de la escritura jeroglífica en el Nuevo Mundo puede ubicarse entre los ríos Grijalva y Papaloapan. Investigaciones en el campo de la lingüística histórica apuntan a la posibilidad de que los olmecas de dicha región hablaron idiomas de la familia mixezoqueana, grupo lingüístico que contiene algunos de los términos más antiguos asociados con los valores civilizatorios mesoamericanos.

El Preclásico medio en la región olmeca (1200-400 a. C.)

Los nuevos hallazgos arqueológicos sugieren que el fenómeno cultural olmeca fue producto de un desarrollo local que nada tuvo quever con injerencias externas.

 

El primer gran centro regional olmeca fue sin duda San Lorenzo, cuyo pico de desarrollo se ubica entre 1150 y 900 a. C. Su centro ceremonial se ubica sobre una meseta baja de 50 hectáreas, desde donde se divisa el río Coatzacoalcos. Durante su apogeo, la colina fue nivelada, proyecto que debió de requerir una elevada cantidad de trabajadores. Se han encontrado estructuras arquitectónicas de planta absidal con paredes de bajarque y madera, estructuras hechas con pisos o paredes de betonita (una piedra local), así como una estructura baja con columnas naturales de basalto. También se han descubierto talleres de obsidiana y otros lugares de trabajo especializado, todos relacionados con unidades habitacionales.

Durante el apogeo del sitio se construyeron canales de distribución de agua y de drenaje elaborados con piedras talladas en forma de U, cubiertas por una laja. No obstante, San Lorenzo es más famoso por sus 70 monolitos grabados, entre ellos 10 cabezas colosales.

La segunda capital histórica de los olmecas parece haber sido La Venta (900-500 a. C.). El emplazamiento de la Venta, fundado hacia 1000 a. C., se encuentra sobre una isla o domo de sal que a su vez está rodeado por tierras bajas inundables. Fue un sitio grande y complejo, con profundas diferencias de estatus entre sus habitantes; contó con arquitectura doméstica (miles de casas) y monumental (grandes plataformas de tierra), al menos una elaborada cámara mortuotia y diversos monolitos públicos (altares, tronos, estelas y cabezas colosales) hechos de piedra volcánica traída de lugares muy distantes. Algunos autores opinan que el colapso de las capitales olmecas probablemente se vinculó con la pérdida de sus rutas comerciales y del acceso a bienes exóticos.

 

En La Venta se encuentra el edificio más grande del Preclásico medio en Mesoamérica, una pirámide de 30 metros de altura y 130 metros de diámetro, hecha de tierra apisonada.

La Venta contó con diversos sitios satélites que estaban ubicados en islotes, laderas de ríos y lagunas, los cuales tenían plataformas de tierra y algunas construcciones de élite. También había emplazamientos de menor jerarquía que sólo fueron ocupados por aldeanos comunes.

Cerca de San Lorenzo, en un manantial conocido como El Manatí, los arqueólogos descubrieron un conjunto de esculturas antropomorfas de madera bien conservadas debido a la falta de oxígeno (estaban sumergidas), así como hachas de jadeíta y balones de hule, que atestiguan la práctica del juego de pelota.

Por su parte, el sitio de El Azuzul se volvió famoso por el hallazgo in situ de dos esculturas de jóvenes arrodillados frente a un felino. Sitios como Laguna de los Cerros y Tres Zapotes debieron de fungir como otras capitales regionales, aunque el apogeo de este último pertenece al Preclásico tardío.

 

Se han formulado diversas propuestas para interpretar el significado de las cabezas colosales olmecas, entre ellas que se trata de retratos individuales de gobernantes, sacerdotes, jugadores de pelota o héroes mitológicos, aunque aún se ignora la verdad. Otro elemento de la escultura olmeca digno de destacarse son los llamados altares con tema de nicho. Se trata de grandes prismas monolíticos con la representación de un individuo sentado a la entrada de las fauces de un felino antropomorfo. Este género de esculturas se ha interpretado en términos de las ideas mesoamericanas sobre una montaña parturienta que dio a luz a los linajes humanos.

Un importante elemento cultural presente entre los olmecas son las inscripciones jeroglíficas. Un enigmático texto olmeca, encontrado cerca de San Lorenzo y conocido como Bloque de Cascajal, fue dado a conocer en el 2006. Se trata de una pieza que data probablemente del año 900 a. C. y contiene secuencias lineales de signos jeroglíficos con estilo cursivo. El hallazgo de este bloque reaviva la sospecha de que los olmecas de la costa del Golfo fueron la primera sociedad meroamericana en usar un sistema de escritura. Una estela tardía con una escena iconográfica y un texto jeroglífico, conocida como Monumento 13 de La Venta, contiene datos epigráficos sobre la lengua que hablaron los olmecas. La fecha de este monolito parece ubicarse en la transición del Preclásico medio al tardío.

El Preclásico medio en el resto de Mesoamérica (1200-400 a. C.)

 

Entre 1300 y 1250 a. C. surgieron diversas capitales regionales en la cuenca lacustre del Valle de México, entre ellas Coapexco, Tlapacoya, Tlatilco y un sitio subPedregal. En las zonas sur y oeste de la cuenca no se encuentra ya un ambiente indiferenciado, pues las cabeceras regionales mencionadas regían sobre diversos sitios satélites y constituían el núcleo de complejas redes comerciales que contaban ya con edificios públicos, juegos de pelota, un repertorio iconográfico de estilo olmeca, una población considerable y un amplio abanico de estamentos sociales, debido a lo cual algunos estudiosos las llaman “sociedades de rangos”.

Estudios sobre los granos sugieren que entre 1250 y 1000 a. C. tuvo lugar una notable reducción intencional de los bosques, como consecuencia de un aumento en la extensión de los campos de cultivo. También hay indicios de que hacia el año 1000 a. C. se dio un notable desarrollo de los sistemas hidráulicos en la región semiárida del norte de la cuenca (que comenzó a ser colonizada), y se destaca el aprovechamiento de las zonas lacustres por medio de chinampas.

Un detalle cultural de esta región es la presencia de varios sellos de cerámica con enigmáticos diseños lineales que se han encontrado en Tlatilco. Probablemente se trataba de un sistema de escritura, hecho que no se ha podido comprobar.

Entre 600 y 500 a. C. tuvo lugar el surgimiento del centro protourbano de Cuicuilco, que marca el final del Preclásico medio en la Cuenca de México y representa la culminación de una larga secuencia evolutiva basada en una exitosa explotación del medio.

 

Se ha pensado que el Preclásico medio y el tardío fueron los periodos más importantes en la historia del Valle de Puebla y Tlaxcala, pues hubo una gran densidad demográfica y una alta concentración de asentamientos humanos.

En el Preclásico medio sitios como Gualupita, Tlalancaleca y Xochitécatl destacaron como los emplazamientos más grandes y complejos en la zona de Tlaxcala, mientras que Colotzingo alcanzó la máxima jerarquía en la región de Atlixco, mismo papel que desempeñó Coapan al oeste del Valle de Puebla. Otros centros importantes de la región durante el Preclásico medio son Moyotzingo, Necaxa, Nexapa, Texmelucan y sobre todo, Las Bocas, famoso por haber producido la cerámica más elegante y refinada del horizonte cultural olmeca.

El lugar más importante de esta época en el Valle de Morelos es Chalcatzingo. Parte de sus vestigios arqueológicos provienen de la fase Cantera (700 – 500 a. C.). A pesar de esto, la ocupación de este emplazamiento prehispánico comenzó mucho antes, durante la fase Amate (anterior a 1100 a. C.).

Más al sur, en el territorio actual de Guerrero también se encuentran vestigios olmecas en las cavernas de Juxtlahuaca y en las grutas de Oxtotitlán, lugares en los que se pueden apreciar pinturas rupestres fechados entre 800 y 500 a. C. No obstante, el sitio guerrerense de mayor envergadura es Teopantecuantitlan, que se encuentra en la confluencia de los ríos Mezcala y Nautla.

 

Durante la primera mitad de este periodo continuó el desarrollo de las culturas Capacha (Colima y Jalisco) y de El Opeño (Michoacán), pues el final de su historia se estima entre 1000 y 800 a. C. Alrededor de 800 a. C. aparecieron las primeras tumbas de tiro en el área de Mascota (noroeste de Jalisco)

Al sur de Sinaloa se localiza el sitio El Calón, donde se ha reportado un montículo piramidal de esta época.

Por otra parte, se ha encontrado cerámica Capacha en las costas de Nayarit (San Blas) y Jalisco (valles de Banderas y Mascota) que data entre 890 y 300 a. C., así como esculturas de barro semejantes a las de El Opeño fechadas hacia 300 a. C. en esa misma zona y en Tlalpa, Jalisco.

Extensas zonas de Veracruz cuentan con una ocupación continua al menos desde el Preclásico medio, especialmente en el valle inferior del río Nautla.

Durante la fase Cuadros (1150 – 950 a. C.), se produjo la llamada “olmequización de Mazatán”, una expansión de la cultura olmeca a la región del Sonocuso. Dicha expansión impactó también al centro y occidente del Estado de Chiapas, una muestra de esto es la zona de San Isidro, en la depresión central del río Grijalva.

Fuente: Nueva Historia General de México

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